UN AÑO

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Hace un año estrenábamos esta columna diciendo que la crítica era indispensable en una democracia porque, en palabras muy actuales, era la primera línea de contención frente a los posibles abusos del poder.

Y desde ese momento no hemos parado de incomodar, porque de no existir esta clase de trincheras los abusos que vemos a diario serían peores.

A la semana de haber inaugurado este espacio dijimos que el acalde de Medellín debió renunciar al cargo luego de no ser capaz de responder con explicaciones razonables a las acusaciones de una mujer que públicamente lo señaló de haberle agredido sexualmente, y que lo mismo debió hacer el gobernador de Antioquia que por esa época estrenaba medida de aseguramiento porque la justicia lo consideraba razonablemente responsable de graves delitos además de peligroso para la administración pública.

Ha pasado un año y en el poder parroquial casi nada ha cambiado: en esta semana que termina el alcalde de Medellín se gastó el presupuesto público para viajar a Barranquilla a divertirse con su esposa y únicamente se le ocurrió devolver la plata en vez de devolver también el cargo, y al suspendido gobernador de Antioquia la justicia le confirmó por enésima vez la medida de aseguramiento privativa de la libertad en su contra y tampoco se le ocurrió renunciar al cargo por simple dignidad.

Pero a pesar de ello, en la sociedad muchas cosas sí vienen cambiando: en el nivel nacional la ciudadanía se ha movilizado masivamente con indignación en contra del insoportable abuso de los poderosos, y Medellín ha sido la cuna de invaluables apuestas periodísticas independientes como Vorágine (que también cumple un año) y El Armadillo, que en pocos meses han puesto a temblar a más de uno dentro de la fauna de dientes duros y cola larga.

Cumpliremos acá los años que nos permitan el gran Rubén Benjumea y los lectores cansados de los productos comunes y corrientes diseñados para quedar bien con el poder. Gracias.

PÍLDORA DE ANIVERSARIO

Precisamente a propósito del viaje a Barranquilla, según Daniel Quintero y sus contratistas resonadores, el célebre viaje tenía el objetivo de realizar algunas gestiones oficiales y, de paso, aprovechar la ocasión para ir a un partido de fútbol, a pesar de que la realidad se inclina hacia el sentido opuesto: el verdadero objetivo del viaje era el partido de fútbol y, de paso, la realización de algunas gestiones “oficiales” para “legalizarlo”.

El pasado 9 de junio en una publicación que ningún abogado que lo quiera le habría recomendado, Quintero reconoció que fue un error hacer ese gasto público, y por ahí derecho anunció el reembolso.

Lo insólito de esto consiste en que para el propio implicado, lo que sería una falta en contra de los principios que orientan la función pública, se puede resarcir con un cheque, como si nada hubiera pasado.

Pero lo cierto del caso, es que con ese cheque lo único que podría evitarse el turista Quintero es el juicio de responsabilidad fiscal por parte de la Contraloría pues allí lo que importa es la recuperación del daño patrimonial, pero en el terreno disciplinario la cuestión es a otro precio, pues haber defraudado la función pública no se compensa con dinero, y ni el resarcimiento ni el más hondo arrepentimiento eliminan la responsabilidad disciplinaria.

La bandeja de este episodio públicamente confesado por el propio responsable está servida en la mesa de la Procuraduría. Cuando el ratón devuelve el queso sin que pase nada, es porque el único ratón no es el que se roba el queso.




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